10 may. 2010

Del martes 9 de Marzo de 2010

Confieso que cargué dos libros porque me disponía a leerlos en este largo viaje de 29 horas. No leí, simplemente salieron a pasear. Preferí escribir esta crónica porque sé que al llegar a Puebla, tendré que leer todo lo necesario para la maestría y necesitaré cumplir otros compromisos igual de obligatorios.

Voy a escribir primero de los autobuses.

Cuando me iba para Cd. Juárez, compré un boleto de la línea Chihuahuense. Son esos camiones último modelo, los que tienen unos cuernos de toro por retrovisores. El viaje fue cómodo, sin embargo fue un poco molesto viajar con tantas películas por compañía, aunque debo reconocer que son entretenidas. Aún así, tenía la intención de leer o ver el paisaje; lo primero no lo hice, y lo segundo fue en ocasiones debido a que la trama de las películas era objeto de toda mi atención

Nunca había viajado hacia el norte, bueno, sí, pero fue en avión durante el invierno del 2004, si no me falla la memoria (algo recurrente). En esta ocasión decidí hacer un viaje terrestre por varios motivos:

1) No sé si la universidad reembolse los viáticos, así que tengo más probabilidades de recibir $3,000 a $14,000,

2) Fue más provechoso utilizar los $10,000 volviéndome loca al ir de compras,

3) Realmente disfruto viajar en camión.

Como ven, puedo decir con alegría que se cumplieron mis espectativas de transporte.

Justo en este momento no sé que escribir; es decir, no sé por donde empezar. En un instante, mi cabeza está llena de imágenes que se tejem para formar historias, y no sé a cuál hacerle caso. Por un lado, indago el origen de mi placer por los viajes terrestres, el cual empezó hace diez años; también quisiera comentar mis impresiones de El Pason e, Texas; otra opción sería hablar del desierto; por último pienso en mis espectativas del Congreso de Literatura... Creo que ha sido útil enumerar las opciones, porque ya las categoricé y resolví mi problema de indecisión.

Nací en una ciudad lejana, muy lejana. Provengo de la frontera sureste de la república, específicamente en Mérida, Yucatán.

Los recuerdos que vienene a mi mente provienen de los 5 o 6 años, cuando viajaba con mi mamá para visitar a mis tías en Cancún. No recuerdo si me agradaba viajar cinco o seis horas en ese entonces, simplemente había que hacerlo porque no teníamos otra opción. De esa manera el hábito se hizo gusto. Sin embargo, la primera vez que realicé un viaje largo fue a los 10 años, como dije antes. En esa época formaba parte del coro infantil de mi estado, y nosotros, al igual que otros coros infantiles de la república, habíamos sido invitados para inaugurar el "Papalote, museo del niño".

Los demasiados niños debían ser enviados y hospedados en una de las ciudades más grandes del mundo, razón bastante lógica que causó algunos llantos y desmayos de mamás (incluída la mía) porque debían decidir el otorgamiento del permiso, donde se recalcaba la necesidad de que vayan solos, obviamente.

Años más tarde supe que aquella semana fue la más tortuosa para mi pobre madre, pues había decidido mi felicidad a cambio de su desconsuelo. A pesar e aquello, me dió todas las indicaciones posibles, y me equipó con una cámara fotográfica y algo de dinero.

Esa fue una de las semanas más emocionantes de mi vida. A través de las ventanas del camión capturé al Pico de Orizaba, al Popocatépetl y la Itztazíhuatl, y conocí su romántica historia de amor. Esa semana descubrí, o más bien hice consciente dos placeres: la fotografía y la lectura. La primera se debió al deseo de que mi mamá y otras personas de Mérida conocieran, aunque sea un poc, lo que vieron mis ojos (digo poco porque en ese entonces las cámaras eran de rollo fotográfico, motivo que impedía tomar fotos a "cualquier cosa").

Respecto a la lectura, puedo decir que fue gracias a la mamá de la niña donde me hospedé (aunque es necesario aclarar que mis lecturas se remontan a mi súper colección de cuentos de Disney). Ahora no recuerdo el nombre de ambas, pero la niña estudiaba en la "Schola cantorum" de México, y la mamá me regaló una edición infantil de "Las mil y una noches".

Desde entonces disfruto de los viajes a cuatro ruedas. Algunos son más cómodos que otros; sin embargo, gracias a sus ventanales puedo disfrutar paisajes inmensos. Unos son tranquilos, otros enrevesados. La gran mayoría me da cuenta de un país sumido en la miseria para los habitantes , junto con la riqueza natural. Pero eso no lo hubiera sabido si prefiriera los viajes en avión.

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