CITA

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23 de nov. de 2009

BIOGRAFÍA

Elvia abrió los ojos por primera vez al jugar en la cocina con su amiga y cuidadora Zazil-Há, de la misma edad. El barullo de las mestizas que se apuraban para preparar la comida del medio día se convertía en placer para sus sentidos: la cebolla morada que era escaldada en agua hirviendo se mezclaba con el olor del laurel, el achiote y la hoja de plátano. En otra gran olla, las carnes de pollo, puerco y res se amalgamaban para dar paso a un caldo que, condimentado, servían a las dos niñas para que estén tranquilas.

En un momento escuchó a su madre que se acercaba para inspeccionar las labores. Sabía que cualquier descuido era tomado como momento de relajación en aquellas flojas mujeres. Elvia escondió el plato, temiendo que castiguen a Jacoba por haberle invitado de aquel íntimo festín. Sin embargo, aquellos dedos largos y delicados no estaban acostumbrados a mover objetos con rapidez. Recordaba las tardes que, sentada frente al piano, a lado de su madre, veia desde el ventanal aquellos mares verdes puntiagudos, mientras se esforzaba por interpretar los corchetes y semicorchetes, y terminaba atrasada y llorando, mientras el sol se ocultaba por entre las espinas.

El plato de porcelana cayó, y fatídicamente, Guillermina se encontraba junto a ella. Fernanda sacó a gritos a la mestiza, mientras le imprecaba en maya, recordándole que precio tan alto sería pagado durante toda su vida, y la vida de Zazil-Há, y aún durante la vida de la nieta. Elvia abrió los ojos por vez primera y observó cómo su madre sonreía de placer.

Por la tarde, elvia repasó la partitura en el piano, junto a su madre, llorando por el atraso de sus dedos largos y delicados, mientras el sol caía sobre los brazos puntiagudos de las olas verdes.

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