17 jun. 2009

Sueño amargo


Escuchaba los gritos lastimeros detrás de las puertas de metal. En cuclillas, solamente veía el vacío. Más tarde, entreabría aquéllas puertas para asentar pan y agua. En ese momento pudo ver el papel sanitario destinado a los clientes. Aquel papel tenía, además de semen, restos de heces mezcladas con sangre. Y en el fondo de aquél cuarto con piso, techo y paredes de tierra, se encontraba un niño de tal vez cinco o seis años. Lo miró indiferente para después cerrar la puerta.
Fue directamente al mercado para comprar pan y carne. Pagó con billetes recientemente obtenidos.
Caminó indiferente por las calles empolvadas de su colonia. Sabía que, de haber otro cliente, cualquier transeúnte le avisaría. Nuevamente la imagen del papel con sangre. Se detuvo. Decidió caminar hacia un punto definido. Llegó donde un ventanal se mostraba abierto, sólo con las rejas de protección. Adentro, un cuarto con piso, paredes y techo de tierra. En medio de aquel cuarto una mujer anciana veia hacia la calle con ojos de profundidad reprochable.
El hombre se detuvo justo a un lado del ventanal, y viendo hacia las rejas admitía su dolor. Cómo pudiste. Por qué. Lágrimas amargas brotaron de sus ojos. Aquella mujer anciana, sólo veía la calle, con ojos de profundidad reprochable.
Se recordó años, muchos años atrás. Papel sanitario con mezcla de semen, heces y sangre. Se vio llorando desde la esquina de aquél cuarto con piso, techo y paredes de tierra. Vio a su madre entreabrir las puertas para asentar agua y pan. Vio entreabrirse la puerta para que otros hombres entraran.
Caminó rápido, decidido. Se detuvo frente a las puertas lastimeras. Las entreabrió y vio al niño al fondo, llorando. Las cerró. Se acercó cauteloso. Aquél niño vio unos ojos de tristeza profunda. Sintió un abrazo diferente, extraño. Cerró los ojos. El piso lució ocre y carmín.
El futuro era incierto... el hambre también.

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